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La ruta de los bordados en bicicleta

Nos encontramos con nuestras bicicletas en el parque de Caranqui al sur de Ibarra en ruta hacia Zuleta. Éramos 12 ciclistas entre expertos y aficionados como yo, y con nuestra partida empezamos a ver salir el sol del amanecer por detrás de las montañas. La subida por La Esperanza es bastante exigente lo cual hizo que nos calentáramos enseguida. La carretera es angosta y a los lados nos acompañan hermosas casas tradicionales con flores en sus balcones que nos transmiten esa calidez típica de las familias Ibarreñas. 

Entrando a la parroquia de Angochagua, nuestro entorno cambió y ahora la luz del día nos permitía ver los verdes retazos de las montañas que nos acompañaban, parecía que alguien había bordado una hermosa cobija y la había colocado sobre las montañas; y esta imagen confirmaba que estábamos en la ruta de los bordados, pues es conocido que aquí se confeccionan a mano hermosos tapetes y prendas de vestir con vivos colores y detalles de la creatividad de su gente, seguramente inspirados por el hermoso paisaje que les acoge.

El olor a hierba fresca y una ligera neblina se abrían en nuestro camino, por la ruta de las haciendas, de pronto regresaban a mirarnos unos fornidos toros de lidia que se imponían en lo alto de la loma y nos tranquilizaba percatarnos de la gruesa cerca de adobe que nos separaba.  Desaceleramos nuestro ritmo para apreciar las vacas, las ovejas, los caballos, y algunos perros que nos ladraban como si quisieran contarnos sobre su vida y sus aventuras en este su hogar.

Paramos a hidratarnos, ya un poco sin aliento por el ejercicio, pero también por la belleza de nuestro entorno y el silencio cautivador del valle, el cual solo era interrumpido por su fauna que empezaba a despertar.  El camino pavimentado se encontraba en perfectas condiciones, no había casi nada de tráfico y el nivel era bastante fácil para una inexperta como yo. Los doce avanzábamos a la par y hacíamos paradas cortas cada 5 kilómetros de los 18 que debíamos recorrer.

Nos encontrábamos en el límite de las provincias de Pichincha e Imbabura, pasando Zuleta, y el olor a pan recién salido del horno de leña nos empezaba a envolver, nuestras miradas eran cómplices en el deseo de hacer una merecida parada para desayunar. Entramos en una pequeña casita al borde de la carretera. Nuestros compañeros expertos que recorren esta ruta en bicicleta más seguido sabían que era Doña María Rosa la que nos prepararía las mejores delicias obtenidas directamente del campo. Pudimos deleitarnos con café y leche recién ordeñada, huevos revueltos, mermelada de mora de las haciendas aledañas, y ese delicioso pan caliente con una capa de “nata”.  Este mismo lugar se convertirá a la hora del almuerzo en uno de los mejores sitios donde comer un delicioso cordero asado, típico de la zona.

Al salir, mientras nos montábamos nuevamente en nuestras bicicletas pudimos divisar algunas tolas dentro de las haciendas a nuestro alrededor, eran de diferentes tamaños y casi podían pasar desapercibidas si no fuera por la forma similar que las caracteriza y ese misticismo de haber pertenecido a otras culturas cientos de años atrás con mensajes escondidos de su organización social y su permanencia en el tiempo.

Dos horas después y estábamos cerca de Olmedo, nuestro punto de llegada, no sin antes desviarnos por una cuesta muy ardua que nos llevaría al mirador donde pudimos apreciar el Valle Sagrado de los Arcoíris. Desde aquí pudimos apreciar cómo el sol llena de luz al valle que se encuentra detrás del volcán Imbabura y junto a la cordillera oriental. Contemplamos en silencio este lugar donde se dice que descansa el arcoíris, pero también es un lugar donde los cóndores vuelan libremente y es factible su avistamiento. No tuvimos la suerte de verlos, pero si nos invadió la magia y la paz que este sitio produce. Entendimos por qué lo llaman sagrado, tan solo el contemplarlo te conmueve el corazón y te sientes parte de su magia; al final quizás el arcoíris es el que se queda en tu interior.

Fotografía: Alicia Flores

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